Andalucía. Ayudas contra el desempleo.

El blog de FOL de José Manuel Roca.- La Fundación Cardenal Spínola concede ayudas contra el paro a diferentes proyectos de autoempleo · Inmigrantes, negocios tradicionales, autónomos y discapacitados, entre los beneficiarios de estos fondos.

Diego Azcona va todos los días desde Valdezorras hasta la Avenida de la Constitución. Se estudia todas las provincias españolas. El mes pasado este joven empezó a trabajar en Correos y por eso se esmera en sus nociones geográficas. El día que Diego entraba en Correos, Joaquín Casado García, 31 años, terminaba sus prácticas de carga y descarga en una empresa de ropa de la Carretera Amarilla. Un hito más en su currículum, que ya no recuerda a cuántos sitios ha enviado.

"Es el que más trabajo busca en España", dice María José García Urbina, una de las cuatro profesoras -tres pedagogas y una psicopedagoga-, que se multiplican en las aulas de formación y orientación laboral de la Fundación Albatros. Diego y Joaquín son dos de los 32 discapacitados intelectuales que se adentraron en la aventura de romper barreras con su inserción en el mundo laboral. Un aprendizaje interactivo, ya que en palabras de una de las tutoras se acompaña de "una transición a la vida adulta que les permita coger el autobús, manejar dinero, usar móviles o preparar alguna comida".

La Asociación Albatros se fundó en 1998 y la Fundación del mismo nombre en 2001. Francisco Sayago es secretario de esta entidad que recibió 12.000 euros de la Fundación Cardenal Spínola de Lucha contra el Paro para contratar al personal que trabaja en los denominados Centros Especiales de Empleo, tres quioscos de chucherías y golosinas que abrieron sucesivamente en la Olavide y los campus universitarios de Reina Mercedes y Viapol y que han permitido dar de alta a nueve discapacitados. También trabajan en el Parlamento Andaluz, el Defensor del Pueblo, la Diputación Provincial -allí está un hijo de Sayago con síndrome de Down que coge el teléfono, prepara correspondencia y pone faxes-, Carrefour y un McDonalds.

En esta carrera trepidante hacia los cuatro millones de parados, la Fundación Cardenal Spínola se dedica a financiar proyectos de autoempleo y formar a parados con técnicas de búsqueda de empleo. La Fundación se creó en 1990 con el nombre de quien fue llamado "cardenal de los pobres". Con una sola trabajadora contratada, financió 250 proyectos de autoempleo que han generado 363 puestos de trabajo. "Nunca se entrega el dinero al peticionario, se dan cheques nominativos a favor de proveedores", dice Sebastián Galera, secretario.

Sin subvención, reciben ayudas de entidades vinculadas a la Iglesia (su sede está en el Palacio Arzobispal) y de 73 suscriptores individuales. "Al quinto mes empiezan a devolver la cantidad que estimen conveniente", dice Galera. "El compromiso es moral y legal. Firman un contrato que les hace entrar en una rueda solidaria".

El proyecto de autoempleo de Antonio Gil Bolívar es casi etimológico. Este trianero nacido en 1947 y curtido en diferentes sectores (el vino, el descanso, la energía solar), trabajaba en una empresa que se dedicaba a las señalizaciones de tráfico. Al perder el empleo, se quedó sin vehículo, que era de la empresa. Una herramienta fundamental para quien viaja por exigencia profesional. A través de la parroquia de San Bartolomé supo de la existencia de esta Fundación. Asistió a unos cursos de búsqueda de empleo. La persona que los impartía, José Luis Cáceres, lo puso en contacto con una familia de Écija que se dedicaba a la industria del descanso y la colchonería. La Fundación le financió la compra de un vehículo de segunda mano. Tuvo una tercera ayuda de la Fundación, "trabajo que no llegué a coger; una semana antes encontré por una búsqueda particular la empresa en la que estoy, Tecimsa, dedicada a combustibles y aire comprimido".

"Con mi edad, la situación laboral como está y la cantidad de jóvenes preparados que no consiguen empleo, la cosa no era fácil. Yo animo a la gente a que acudan a la Fundación Cardenal Spínola", dice Gil Bolívar. Las palabras de Juan Sierra impresas en el azulejo que preside la entrada de la casa donde vivió el poeta de Mediodía, a pocos metros de la oficina de Tecimsa, parecen inspirar este propósito: "La bondad y el arte son las razones más nobles de nuestra existencia; lo demás es pura química o ciega naturaleza".

Cuando la Cordonería Alba abrió sus puertas, en 1904, ocupaba el edificio entero y trabajaban 28 personas. La calle Francos era carrera oficial y por ella pasaban todas las cofradías. "Al fundador, Francisco Alba, lo sustituyó su hijo, Manuel Alba, mi padrino, que trabajó hasta los 82 años", dice Jesús Spínola, ahijado y tercera generación al frente de esta tienda con solera que ya en marzo estaba desbordada por los encargos de Semana Santa.

Lo suyo es autoempleo en estado puro. De aquellos 28 trabajadores se pasó a la actual situación, en la que este sevillano de 1974 fabrica los artículos de forma artesanal con máquinas centenarias, compra la lana, compra la seda. En la Expo trabajó de camarero. Quisieron cerrar la tienda, el arcano de la ciudad salió en defensa de los cordones. José Luis Peinado, párroco de San Isidoro, le sugirió que se pusiera en contacto con la Fundación Cardenal Spínola, unida en espíritu con las decenas de cofradías que adquieren en esta tienda cordones de Cristo o de pertiguero. Productos únicos, como sus borlajes de caballos o alzapaños de cortinas.

En pie desde 1904. "La calle decayó mucho. Sólo quedamos los que estamos especializados. Siguen montando negocios y siguen cayendo muchos". Jesús Spínola es depositario de un viaje en el tiempo. Tamara Mamaladze (Tiflis, 1970) hizo un viaje en el espacio. Alexander, su marido, tenía problemas políticos en Georgia. El 13 de julio de 1997 salieron con su hijo pequeño de aquella ciudad en la que el Betis fue apeado de la Recopa en 1978. "Mi marido era campeón de lucha libre y conocía medio mundo. Decía que España era lo que más se parecía a Georgia, también somos Iberia". Llegaron a Barcelona, de donde la Cruz Roja los envió al Centro de Acogida de Refugiados de Sevilla Este. Alexander se colocó en Amate. En su patria se quedó el hijo mayor, que padecía un retraso mental. "Llamamos a todas las puertas de la Administración para que viniera y pudieran tratarlo aquí. Lo que en los despachos", dice Tamara, "era un papel, para nosotros era la vida". No hubo respuesta. Su marido, con 28 años, se quemó a lo bonzo delante del Centro de Refugiados. Tamara sobrevivió planchando y limpiando casas. "Me he limpiado media Sevilla". Cuando limpiaba una abacería del Postigo, junto a la calentería de Ángela, vio el cartel de traspaso en una carnicería. Trece metros cuadrados que cambiaron su vida. Una fibromialgia la obligó a abandonar los esfuerzos físicos.

La muerte de su marido desbloqueó todas las puertas. "Vino mi hijo, vino mi madre, me dieron un piso. Pero el precio fue muy caro". Le denegaron una ayuda para mujeres empresarias por falta de papeles. Se le aparecieron tres ángeles de la guarda. Dos viven en su barrio de Los Pajaritos, Rufi e Isabel. El tercero conoció la historia de Tamara porque en un semáforo le compró pañuelos y el periódico La Farola a la madre de la georgiana. Este benefactor era Juan Antonio Carrillo Salcedo, reciente hijo predilecto de Andalucía al que Tamara quiere como un padre. La Fundación le costeó la obra de su tienda de souvenir en la que muchos extranjeros la fotografían tomándola por una sevillana típica. Todos los días viene en autobús de Los Pajaritos al Postigo. Su hijo mayor está en un centro de Educación Especial de Santa Clara. El pequeño, en el colegio San Juan Bosco donde estudiaba Marta del Castillo.

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